Momentos para la Reflexión
Enero 2026
TE HAS PREGUNTADO
¿CÓMO SELECCIONAR UN COACH?
¿Qué hacer cuando siento la necesidad de buscar un acompañamiento?
Vivimos en un mundo cada vez más agitado. Las decisiones se esperan rápidas, certeras y, muchas veces, sin margen para el error. Los tiempos para pensar se han reducido, mientras que las exigencias no dejan de crecer.
En este escenario, han surgido múltiples formas de acompañamiento y, con ellas, una oferta cada vez más amplia de profesionales que apoyan procesos de desarrollo, liderazgo y cambio. Y entonces aparece una pregunta que no siempre nos detenemos a formular con honestidad:
¿Para lo que hoy necesito, qué tipo de acompañamiento es realmente el más adecuado?
¿Cómo escoger a la persona correcta para caminar conmigo en este momento de mi vida o de mi liderazgo?
No todo proceso requiere el mismo tipo de acompañamiento. Así como no todas las preguntas nacen del mismo lugar, tampoco toda escucha responde a la misma necesidad.
Hay momentos en los que buscamos claridad, otros en los que necesitamos orden, y otros en los que simplemente requerimos alguien que sepa sostener el silencio sin llenarlo de respuestas apresuradas.
Confundir el tipo de proceso que estamos viviendo con el tipo de acompañamiento que elegimos puede llevarnos a avances aparentes, pero a comprensiones superficiales.
Cuando el acompañamiento no se ajusta al proceso que estamos atravesando, suelen aparecer señales sutiles que no siempre sabemos interpretar. Avanzamos, pero con una sensación de vacío. Tomamos decisiones, pero sin una comprensión más profunda de su origen. Incluso podemos experimentar alivio momentáneo sin que ello se traduzca en cambios reales o sostenibles.
No se trata de errores ni de malas intenciones. Muchas veces es simplemente un desajuste entre lo que necesitábamos trabajar y la forma en que fuimos acompañados.
En el fondo, el riesgo mayor no está en haber elegido a la persona equivocada, sino en haber formulado una pregunta imprecisa sobre nuestro propio proceso.
Cuando no tenemos claridad sobre lo que buscamos, cualquier acompañamiento puede parecer adecuado, al menos por un tiempo. Elegir sin preguntarnos desde dónde estamos mirando, qué nos duele o qué estamos evitando, nos expone a procesos que alivian, ordenan o motivan, pero que no necesariamente transforman.
Más que observar al coach, conviene prestar atención al encuadre del proceso que se nos propone. A la manera como se formulan las conversaciones, al tipo de preguntas que se habilitan y, sobre todo, al espacio que se deja para que aparezca lo que aún no sabemos nombrar.
Cuando un proceso invita a pensar, a detenerse y a mirar con mayor honestidad, suele abrir caminos más profundos que aquellos que buscan respuestas rápidas o conclusiones inmediatas.
Un coach no llega para responder preguntas que el líder aún no se ha atrevido a formular. Su rol no es aclarar lo que todavía no ha sido mirado, ni acelerar comprensiones que necesitan madurar. Cuando el encuadre respeta los tiempos internos y no empuja definiciones prematuras, el proceso se convierte en un espacio seguro para que las preguntas correctas emerjan por sí solas y, es allí, no antes, donde el acompañamiento comienza a tener verdadero sentido.
La efectividad de un proceso de acompañamiento también depende del nivel de madurez con el que se asume. Cuando un líder no ha reconocido aún qué necesita revisar, cualquier proceso puede sentirse impuesto, innecesario o incluso invasivo.
La madurez no consiste en tener todas las respuestas, sino en estar dispuesto a formular preguntas honestas, aun cuando éstas incomoden. Sin esa disposición interna, el acompañamiento corre el riesgo de quedarse en la superficie, por más bien intencionado que sea.
Algo similar ocurre cuando un proceso se inicia sin validar las necesidades reales de quienes participarán en él. A veces el coach es recomendado por terceros o incorporado como parte de una iniciativa organizacional que asume, casi como un axioma, que todo equipo se beneficia de un proceso de coaching.
Sin embargo, cuando el encuadre no nace de una necesidad reconocida, el acompañamiento puede convertirse en una formalidad más, bien presentada, pero escasamente transformadora.
Reconocer todo esto no busca descartar el valor del coaching, sino comprender que el acompañamiento adopta formas distintas según el momento, la pregunta y la disposición de quien lo inicia.
No se trata de hablar de estilos como categorías cerradas, sino de entender que existen maneras diversas de acompañar, así como existen procesos humanos diferentes. Nombrarlas no es encasillarlas, sino dar lenguaje a experiencias que, cuando se confunden, terminan diluyendo el sentido del acompañamiento.
Hay procesos en los que el acompañamiento cumple una función principalmente estructurante. Ayuda a ordenar ideas, prioridades, decisiones y acciones. El líder llega con preguntas claras, con objetivos definidos o con la necesidad de mejorar su desempeño dentro de un marco concreto. En estos casos, el acompañamiento actúa como un espacio de enfoque y claridad. No remueve las raíces del liderazgo, pero fortalece su ejecución. Es valioso, necesario y profundamente útil cuando el proceso lo demanda.
Existen otros momentos en los que el líder no necesita tanto respuestas como contención. No porque carezca de capacidad, sino porque atraviesa transiciones, tensiones o responsabilidades que exigen sostén emocional y perspectiva. Aquí el acompañamiento se convierte en un espacio seguro, donde la escucha pesa más que la dirección y donde el ritmo lo marca la persona, no la agenda. No se busca transformar, sino estabilizar, comprender y recuperar equilibrio.
Por otro lado, hay procesos más silenciosos, menos visibles, pero profundamente transformadores. Son aquellos en los que el acompañamiento no se centra en lo que el líder hace, sino en cómo se está mirando a sí mismo mientras lidera. Aquí no hay prisa por definir acciones ni alivio inmediato. El acompañamiento se convierte en un espejo que devuelve preguntas, revela incoherencias y expone autoengaños sutiles. No todos están listos para este tipo de proceso, ni todos lo necesitan al mismo tiempo. Pero cuando aparece, suele marcar un antes y un después en la forma de cómo ejercer el liderazgo.
Antes de pensar en a quién acudir, tal vez valga la pena detenerse en una pregunta más íntima: ¿desde dónde estoy buscando acompañamiento hoy? No se trata de definirse ni de encasillarse, sino de reconocer el momento que se atraviesa.
¿Busco orden, sostén o una revisión más profunda de mi forma de liderar?
Esta pregunta no exige respuestas inmediatas, pero sí honestidad, y esa honestidad, por sí sola, ya marca un nivel de madurez.
Cuando se confunde el tipo de proceso que se está viviendo, también se confunden las expectativas sobre el acompañamiento. Se le pide estructura a quien viene a sostener, alivio a quien invita a mirar, o respuestas a quien solo puede devolver preguntas.
Estás situaciones no son un fallo del coaching ni del coach. Es una desalineación que termina debilitando el sentido del proceso. Elegir bien comienza, siempre, por comprender qué se necesita trabajar.
Hay procesos que nacen desde lo íntimo, lo humano o incluso lo espiritual. Personas que no buscan optimizar resultados ni tomar decisiones más rápidas, sino comprenderse mejor, reconciliarse con su historia o revisar la manera como se relacionan consigo mismas y con los demás. En estos casos, un acompañamiento orientado únicamente a la técnica o al logro puede quedarse corto. No por falta de capacidad, sino porque la profundidad de la pregunta exige una forma distinta de escucha y de presencia.
Existen otros procesos donde la necesidad es diferente. Líderes que buscan fortalecer su criterio, mejorar su capacidad de decisión, ordenar procesos o desarrollar competencias concretas para su crecimiento profesional. Aquí, un acompañamiento centrado solo en la exploración interna puede resultar insuficiente. La experiencia, el conocimiento y la capacidad de orientar estrategias se vuelven esenciales para acompañar con sentido y efectividad.
Algo similar ocurre en ámbitos como el deportivo o el desarrollo de habilidades específicas, donde el cuerpo, la disciplina y la repetición consciente juegan un rol central. Pretender abordar estos procesos desde una lógica que no les corresponde, suele generar frustración, tanto en quien busca acompañamiento como en quien intenta ofrecerlo.
Comprender esta diversidad no busca fragmentar el coaching, sino dignificarlo. Reconocer que existen distintas formas de acompañar según la dimensión que se desea trabajar, permite elegir con mayor conciencia y protege la profundidad del proceso.
Aquí vuelve a aparecer la responsabilidad compartida: la del líder o coachee, al reconocer qué necesita realmente, y la del coach, al tener la claridad y la madurez profesional para reconocer cuándo su orientación es la más adecuada y cuándo no lo es.
Al final, elegir un coach no es un acto de consumo o de moda; es un acto de conciencia. No se elige solo a una persona: se elige un tipo de conversación, un tipo de presencia y un tipo de proceso.
Por eso, la pregunta correcta vale más que la recomendación más prestigiosa. Si no entendemos qué buscamos, podemos exigir profundidad cuando solo necesitamos orden, o pedir dirección cuando lo que necesitamos es aprender a escucharnos.
En los casos donde el liderazgo es un camino, el acompañamiento también lo es. Un coach ético no se mide por cuántos procesos acepta, sino por cuánta claridad tiene para reconocer cuándo puede aportar y cuándo corresponde derivar. La madurez no está en sostener la promesa, sino en proteger el sentido.
En un mundo que exige respuestas rápidas, elegir bien comienza por atrevernos a formular una pregunta honesta, y en ocasiones, esa es la primera decisión acertada del proceso.
"El coach adecuado no se elige por moda, se elige por la verdad de la pregunta"
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