La memoria también necesita justicia
Durante muchos años dudé si debía escribir estas páginas.
No porque faltaran documentos o hechos que contar, sino porque yo también formé parte de esa historia. Compartí oficinas, proyectos, responsabilidades y el compromiso de servir a Venezuela junto a muchos de los hombres y mujeres que, directa o indirectamente, aparecen reflejados en estas páginas.
Esa cercanía me impone una responsabilidad mayor: escribir con honestidad, respetar los hechos y procurar que la memoria no se convierta en resentimiento.
Han transcurrido más de veintitrés años desde los acontecimientos de 2002 y 2003 que culminaron con el despido masivo de miles de trabajadores de Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA). Desde entonces se han escrito numerosos análisis sobre las causas políticas, económicas y sociales de aquellos hechos. Sin embargo, con demasiada frecuencia, la atención se ha concentrado en el conflicto y no en las personas que vivieron sus consecuencias.
Yo fui uno de quienes presenciaron aquellos días.
Vi compañeros abandonar por última vez el lugar donde habían dedicado buena parte de su vida profesional. Vi equipos de trabajo desintegrarse, proyectos detenerse y familias enfrentarse, de un día para otro, a una realidad completamente distinta.
También vi cómo muchos de aquellos profesionales, lejos de rendirse, comenzaron de nuevo en Venezuela o en cualquier rincón del mundo, llevando consigo el conocimiento, la experiencia y la dignidad que ninguna decisión podía arrebatarles.
Con el paso de los años comprendí que la mayor pérdida no fue únicamente laboral. También fue una pérdida de memoria.
Y detrás de cada historia permanecía una pregunta que el tiempo nunca respondió completamente.
Es por ello que este ensayo no pretende reabrir heridas ni alimentar divisiones. Tampoco busca señalar culpables ni imponer una interpretación única de la historia.
Su propósito es preservar la memoria de unos hechos que transformaron la vida de miles de venezolanos y recordar que toda sociedad se fortalece cuando es capaz de revisar su pasado con honestidad, respeto y sentido de justicia.
Recordar que miles de profesionales perdieron no solo un empleo, sino también la posibilidad de continuar ejerciendo su vocación en la empresa que ayudaron a construir; que innumerables familias vieron cambiar su proyecto de vida en cuestión de días; y que una parte importante del talento técnico y gerencial del país emigró llevando consigo décadas de conocimiento acumulado.
Y recordar, sobre todo, que detrás de cualquier decisión institucional siempre existen seres humanos cuyas vidas pueden verse profundamente afectadas.
Hoy Venezuela habla de recuperación, de reconstrucción y de futuro. Es una conversación necesaria y esperanzadora. Pero ninguna reconstrucción será completa si decide olvidar a quienes también formaron parte de la historia que hizo posible ese país.
Y cuando una nación pierde la capacidad de recordar con honestidad, corre el riesgo de repetir aquello que nunca fue capaz de comprender.
Este libro no aspira a convertirse en la versión definitiva de los acontecimientos. Aspira, con humildad, a contribuir con un testimonio sustentado en hechos, documentos, antecedentes jurídicos y experiencias vividas; a ofrecer una mirada que incorpore la dimensión humana de lo ocurrido y que permita comprender sus consecuencias más allá de las cifras o de las interpretaciones políticas.
Como tal, se convierte también en una invitación a quienes, como yo, vivieron esta historia; a sus familias; a investigadores, juristas, académicos y ciudadanos comprometidos con la memoria de Venezuela, para continuar documentando este capítulo con rigor, respeto y responsabilidad.
Porque la memoria no pertenece únicamente a quien la escribe.
Pertenece a todos los que la vivieron.
Y también pertenece a quienes algún día tendrán la responsabilidad de reconstruir el país sobre la verdad y no sobre el olvido.
Si estas páginas logran que un lector comprenda que detrás de aquel episodio existieron miles de historias humanas; si contribuyen a preservar una memoria que el tiempo no debería borrar; o si permiten que quienes durante años guardaron silencio sientan que su historia también forma parte de la historia de Venezuela, entonces este esfuerzo habrá cumplido plenamente su propósito.
