Introducción
Hay frases que se quedan a vivir con nosotros
Desde mis primeros años profesionales, una pregunta me acompañó durante mucho tiempo: ¿el líder nace o se hace?
Había leído que los líderes nacían y los gerentes se hacían. Aquella afirmación, lejos de darme una respuesta, despertó en mí una inquietud que terminaría acompañándome durante buena parte de mi vida profesional.
Recuerdo haberme preguntado entonces algo aparentemente simple: ¿acaso no nacemos todos?
La pregunta podía parecer ingenua, pero abrió una puerta.
Comencé a leer sobre liderazgo, gerencia, comportamiento humano y trabajo en equipo. Observaba a quienes dirigían organizaciones, pero también a quienes, sin ocupar posiciones importantes, conseguían que otros confiaran en ellos, los escucharan y decidieran acompañarlos.
Con los años comprendí que quizá había estado buscando una respuesta demasiado absoluta.
Hay personas que muestran desde muy temprano condiciones naturales para influir, comunicar o movilizar a otros. Pero también existen experiencias, conocimientos, valores, errores, aciertos y circunstancias capaces de despertar y desarrollar capacidades de liderazgo que permanecían silenciosas.
La vida misma terminó enseñándome algo todavía más importante: no necesitamos ocupar un cargo para ejercer liderazgo.
Alguna vez todos hemos tomado la iniciativa.
Lo hicimos de niños cuando propusimos un juego y otros decidieron seguirnos. Lo hicimos en nuestra familia cuando alguien necesitó orientación. Lo hicimos en el trabajo cuando asumimos una responsabilidad que nadie nos había asignado formalmente. Y probablemente lo hemos hecho muchas veces sin detenernos siquiera a pensar que, en ese instante, estábamos liderando.
Por eso, con el tiempo dejé de entender el liderazgo únicamente como la capacidad de conducir a otros.
Comencé a verlo también como una manera de conducirnos a nosotros mismos.
Una escuela que también terminó enseñándome a mí
En 2009, mientras ejercía como profesor universitario de Gerencia, decidí convertir años de lecturas, experiencias y preguntas en una iniciativa que llamé Escuela de Líderes Gerenciales.
Pensaba que estaba creando un espacio para enseñar.
Con el tiempo descubrí que también estaba creando un espacio para aprender.
Cada participante llegaba con una historia diferente. Tenía fortalezas, temores, valores, conocimientos y formas particulares de interpretar una misma situación. Aquello fue confirmándome que no existe una fórmula única para liderar.
Pero también comenzó a mostrarme algo que se repetía.
Algunas ideas permanecían mucho más tiempo en la memoria cuando podían expresarse mediante una frase sencilla.
Una frase era capaz de regresar meses después, justamente cuando alguien enfrentaba una situación que exigía decidir.
Y entendí por qué.
Desde niños hemos aprendido de esa manera.
Muchas personas conservamos expresiones de nuestros padres, abuelos, maestros o de alguien que dejó una huella en nuestra vida. Tal vez olvidamos la conversación completa, el lugar o incluso las circunstancias en las que fueron pronunciadas, pero recordamos la frase.
Durante mucho tiempo aquellas palabras permanecieron conmigo. Con los años comprendí que su enseñanza iba mucho más allá de su sentido literal: me invitaba a revisar las razones que existen detrás de aquello que hacemos, a preguntarme cuánto hay de convicción y cuánto de simple costumbre.
Era una frase.
Pero detrás de ella había una enseñanza.
Aprender en frases
De allí fue naciendo una idea que comenzó a ocupar un lugar importante en mis programas de formación:
No se trataba de coleccionar expresiones bonitas ni de convertir pensamientos complejos en fórmulas simplistas.
Se trataba de algo diferente.
Una buena frase puede detenernos. Puede hacernos pensar. Puede cuestionar una conducta que repetimos sin advertirla. Y, sobre todo, puede quedar almacenada en nuestra memoria hasta que alguna circunstancia la trae nuevamente al presente.
En mi experiencia profesional ocurrió muchas veces.
Cuando alguien llegaba dispuesto a asumir personalmente el trabajo que correspondía a otro miembro de su equipo, una frase bastaba para iniciar la reflexión:
Detrás de esas pocas palabras aparecían conceptos mucho mayores: delegación, confianza, formación, responsabilidad y desarrollo del equipo.
La frase no contenía todo el conocimiento.
Lo despertaba.
Y allí está precisamente el principio sobre el cual fue concebido este libro.
Este libro no pretende darte respuestas
Las páginas que siguen contienen frases nacidas de años de lectura, enseñanza, trabajo, observación y experiencia.
Pero no quisiera que las recibieras como verdades absolutas.
Todo lo contrario.
Quisiera que algunas te incomoden. Que otras te hagan detenerte. Que alguna te recuerde una experiencia. Que discrepes con unas cuantas.
Y que, de vez en cuando, encuentres una que te obligue a cerrar el libro por unos segundos y preguntarte: ¿Cómo estoy liderando yo?
Porque hoy estoy convencido de que el liderazgo no comienza cuando alguien nos entrega un cargo, un equipo o una responsabilidad.
Comienza mucho antes.
Comienza cuando aprendemos a observarnos, a escuchar, a decidir, a reconocer nuestros errores, a desarrollar a quienes caminan con nosotros y a comprender que liderar no consiste simplemente en conseguir que otros hagan algo.
También consiste en preguntarnos qué dejamos en ellos mientras avanzamos juntos.
Quizá por eso, después de tantos años, ya no me preocupa demasiado encontrar una respuesta definitiva a aquella vieja discusión sobre si el líder nace o se hace.
Me interesa mucho más otra pregunta: ¿Qué hacemos con el liderazgo que descubrimos en nosotros?
Este libro nació para acompañarte en esa reflexión.
No necesitas leerlo apresuradamente. Detente. Cuestiona. Relaciona cada frase con tus propias experiencias. Hazla tuya cuando tenga sentido. Déjala pasar cuando no lo tenga.
Y si alguna de ellas consigue permanecer en tu memoria y regresar algún día, justo cuando tengas que tomar una decisión, orientar a alguien, enfrentar una dificultad o revisar tu propia manera de actuar, entonces estas páginas habrán cumplido su propósito.
