Conferencia Silenciosa

Hay una expresión que probablemente todos hemos pronunciado alguna vez:

“No tengo tiempo.”

Esta pequeña expresión siempre me ha hecho pensar. Si el tiempo continúa avanzando, vale la pena detenernos un momento y preguntarnos:

¿Qué queremos decir realmente cuando afirmamos que no tenemos tiempo?

Un día tiene 24 horas y un año, 8.760, termina un año e inmediatamente comienza otro, lo que nos muestra que, indefectiblemente, el tiempo continúa avanzando. Tenemos relojes para medirlo, alarmas para recordarlo, calendarios para organizarlo y agendas para decidir qué haremos con él, y entonces volvemos a la pregunta que dio origen a esta reflexión: si el tiempo continúa avanzando, ¿qué queremos decir realmente cuando afirmamos que no tenemos tiempo?

Quizás, en muchas ocasiones, sería más preciso reconocer que decidimos dedicarlo a otras cosas, o mejor aún ... que algo tuvo más prioridad en nuestra agenda.

Es justo allí donde comienza una reflexión que, como profesional y como alguien que ha tenido la responsabilidad de liderar personas, considero mucho más profunda que aprender a organizar una agenda.

Durante buena parte de nuestra vida profesional perseguimos objetivos: estudiamos, trabajamos, asumimos responsabilidades, construimos una carrera, dirigimos proyectos, cumplimos compromisos, resolvemos problemas y alcanzamos metas, y podemos sentirnos legítimamente satisfechos por ello.

Pero con los años también adquirimos una perspectiva que antes quizás no teníamos y comenzamos a hacernos otras preguntas:

No planteo estas preguntas desde la culpa, las planteo desde la conciencia, porque si nos detenemos un momento a contemplar nuestra historia, quizás descubramos que administrar nuestro tiempo no consiste solamente en organizar actividades; también significa reconocer que cada vez que elegimos dedicar tiempo a algo, inevitablemente dejamos de dedicarlo a otra cosa, y esta reflexión no termina en nuestra vida personal, también alcanza nuestra manera de liderar.

Podemos llenar la agenda de reuniones con nuestro equipo y, aun así, no tener tiempo para nuestra gente. Podemos revisar indicadores, exigir resultados, asignar responsabilidades, controlar fechas y hablar de productividad sin detenernos a preguntar:

Es allí donde aparece una pregunta que considero necesaria para quienes tenemos o hemos tenido la responsabilidad de liderar:

Si no tengo tiempo para mi gente, ¿para qué soy su líder?

Porque liderar personas no puede limitarse a asignar responsabilidades, hacer seguimiento a los resultados o intervenir cuando aparece un problema. También implica estar disponible, escuchar, acompañar, reconocer y dedicar tiempo a comprender a quienes hacen posible esos resultados.

Quizás allí exista una contradicción sobre la que vale la pena reflexionar: podemos decir que nuestra gente es lo más importante y, al mismo tiempo, construir una agenda en la que casi nunca tenemos tiempo para ella.

Entonces la pregunta deja de ser solamente cuánto tiempo tenemos disponible y vuelve a llevarnos al punto de partida de esta reflexión:

¿Qué lugar ocupa realmente nuestra gente entre nuestras prioridades?

Pero el valor que damos al tiempo de los demás no termina en quienes forman parte de nuestro equipo, también se manifiesta en la manera como tratamos el tiempo de quienes, por alguna razón, se acercan a nosotros.

Pensemos, por ejemplo, en quienes dedican parte de su tiempo a participar en un proceso de selección: se preparan, reorganizan su agenda, asisten a una entrevista y llegan dispuestos a mostrar lo mejor de sí, pero tal vez finalmente no sean seleccionados para el cargo. Eso forma parte del proceso, y la pregunta es qué hacemos nosotros después.

Entonces la reflexión adquiere otra dimensión, porque el liderazgo no comienza cuando entramos a una oficina ni termina cuando salimos de ella, comienza en la persona que somos.

Como somos, nos ven.

Aquello que los demás ven en nosotros también comunica lo que valoramos. Podemos hablar de equilibrio, familia, bienestar, confianza, respeto y personas, pero quienes nos rodean también observan cómo vivimos aquello que decimos.

Por eso considero que vale la pena preguntarnos:

¿La manera en que utilizo mi tiempo refleja realmente aquello que digo que tiene valor para mí?

La pregunta sirve para el líder, pero también para el profesional, para la pareja, para el padre o la madre, para el abuelo o la abuela, para los amigos y, en definitiva, para cada uno de nosotros.

Quizás algún día miremos hacia atrás y nos sintamos orgullosos de los proyectos terminados, de las metas alcanzadas, de los problemas que resolvimos y de la trayectoria que construimos ... ojalá podamos sentirlo.

Pero tal vez también deberíamos procurar que, cuando llegue ese momento, podamos reconocer que hubo tiempo para aquello y para aquellos que daban sentido a nuestra vida ... porque el tiempo seguirá existiendo.

Nuestro tiempo para vivirlo, compartirlo y dejar huella en los demás es el que no es infinito.

Por eso hoy quiero dejar abiertas tres preguntas:

No tengo una respuesta para ti ... y es que hoy tengo las mismas preguntas para mí.

Gerardo Guerra RincónAbriendo Camino...
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